Iván Vallejo: lo que la montaña le enseñó sobre vivir

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Tuvimos la oportunidad de conversar con Iván Vallejo, el único ecuatoriano en haber escalado los 14 ochomiles del planeta, y lo que encontramos no fue solo la historia de un alpinista extraordinario

Fue la historia de un hombre que aprendió a vivir bien en los lugares más inhóspitos de la Tierra y que lleva años compartiendo esas lecciones con quienes lo escuchan. Desde una cumbre dibujada en un cuaderno de colegio hasta conferencias que cambian vidas, esta conversación va mucho más allá de la montaña.

A los 12 años, Iván Vallejo dibujó una cumbre en una hoja de cuaderno y escribió al pie: “Cuando yo sea grande, en la cumbre del Everest.” Lo hizo en primer curso del colegio Pío X de Ambato, cuando su profesora de orientación vocacional le pidió a sus alumnos que representaran su sueño más grande. Décadas después, ese papel seguía guardado en casa de su madre. Lo encontró por casualidad justo cuando se preparaba para hacer exactamente eso. Para él, no fue casualidad. Fue la primera lección que le dio la montaña: los sueños que se escriben tienen una manera silenciosa de mantenerse vivos, incluso cuando tú los has olvidado.

Lo que nadie te dice sobre el trabajo en equipo

En sus conferencias de liderazgo, Iván vuelve siempre a algo que aprendió en las montañas y que considera irrefutable: ningún ser humano ha conseguido ningún objetivo verdaderamente importante completamente solo. Siempre hubo alguien más. Un equipo, un amigo, una persona que sostuvo cuando el otro no podía. “La vida funciona gracias a esta tejedura tan bella que, en términos empresariales, se llama trabajo en equipo”, dice. Y agrega que lo más importante no es solo construirlo, sino reconocerlo, porque hay una tendencia a olvidar quién estuvo ahí cuando más se necesitaba.

Por qué los hombres necesitan aprender a quebrarse

Hay un tema que Iván Vallejo no evita en sus conferencias aunque incomode a algunos: la vulnerabilidad masculina. Su posición es directa y no tiene matices. “A mis colegas varones: nadie se escapa de los puntos de quiebre, nadie.” Dice que un hombre que nunca ha llorado de emoción en su vida tiene algo mal. Y que ir a terapia no es una falta de hombría ni una señal de debilidad, es una de las decisiones más inteligentes que alguien puede tomar.

Para él, el llanto no es una pérdida de control. Es una señal de que estás vivo y conectado contigo mismo. “Cuando tengo una emoción profunda y no lloro, tengo que desconectar algo adentro. Yo no desconecto.” Eso incluye llegar a la cumbre después de una escalada difícil, ver un amanecer en la montaña o escuchar que una conferencia suya cambió la vida de alguien años después.

Su mensaje para los hombres que lo escuchan es claro: mostrarse vulnerable no debilita al líder, lo hace más real y más efectivo. “Yo no creo en el súper papá, la súper mamá, el súper gerente. Hay papá, mamá y gerente, punto.” Y esa honestidad, sostiene, es lo que permite que alguien más pueda sostenerte cuando lo necesitas y que la salida hacia la superficie sea mejor porque no la estás buscando solo.

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Subir el Cotopaxi sin haber subido nada antes

Hoy, además de conferencista, Iván guía expediciones a las montañas ecuatorianas dos veces al año. Y el perfil de quienes lo acompañan podría sorprender: el 90% nunca ha subido una montaña antes. No le importa. Lo que le importa es la actitud. “¿Tiene la actitud? Venga, yo le llevo”, dice con la misma convicción con la que habla de todo lo demás.

Lo que busca en cada expedición no es llegar a una cima sino bajar con personas distintas a las que subieron. Usa herramientas de psicología y liderazgo en cada ascenso, convirtiendo la montaña en un espacio de transformación real. Ha guiado a una niña de 14 años y a personas de 78. Para él, la montaña no discrimina por edad ni por experiencia previa. Discrimina por actitud, y eso es algo que se puede elegir.

El dibujo que lo predijo todo

A los 12 años, Iván dibujó una cumbre en una hoja de cuaderno y escribió al pie: “Cuando yo sea grande, en la cumbre del Everest.” Lo hizo en primer curso del colegio Pío X de Ambato, cuando su profesora de orientación vocacional le pidió que representara su sueño más grande. Décadas después, ese papel seguía guardado en casa de su madre. Lo encontró por casualidad justo cuando se preparaba para hacer exactamente eso. Para él, no fue casualidad. “El universo es perfecto y ocurren determinados eventos que, en su momento, entiendes el suceso, pero no entiendes la magnitud del mismo.” Los sueños que se escriben tienen una manera silenciosa de mantenerse vivos, incluso cuando tú los has olvidado.

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Sepultado bajo el hielo del Chimborazo

Con 28 años, Iván cayó casi 30 metros dentro del Chimborazo y quedó sepultado bajo hielo y nieve durante cuatro horas. Iba como líder del equipo, caminando por un tramo que ya consideraba seguro, cuando escuchó un estruendo y el piso desapareció bajo sus pies. Pensó que moriría por el golpe en la espalda, por el frío o por asfixia. Las tres opciones le parecían igualmente probables.

Lo que lo sostuvo no fue la técnica ni la experiencia acumulada. Fue la oración. Empezó a rezar como un mantra y algo cambió adentro: el miedo se fue convirtiendo lentamente en esperanza. Esa conexión con algo más grande fue lo que le permitió resistir la angustia de estar atrapado en una bóveda de hielo sin saber si alguien llegaría a tiempo. Cuando salió, muy golpeado y muy asustado, su primera decisión fue no volver a subir nunca más. Duró seis meses. “Me di cuenta de que no puedo vivir sin las montañas”, dice. Hizo terapia, procesó el miedo y las pesadillas, y cuando ese proceso terminó, volvió a la montaña y le dijo todo lo que había vivido. “¿Sabes qué? Entre otras cosas, vengo acá porque no puedo vivir sin ti.” Una declaración de amor que él mismo describe como hermosa.

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Las 14 lecciones que la montaña le dejó

En su libro “14 lecciones de un peregrino de la montaña”, Iván recoge los aprendizajes que trascienden el alpinismo y se vuelven universales. Cuando le preguntan cuál es la más importante, se niega a elegir una sola. “Si te doy una sola respuesta, se van a quedar 13 capítulos posiblemente llorando en el libro”, dice. Pero sí señala la que aparece en el primer capítulo como base de todo lo demás: saber exactamente lo que quieres lograr. Con total claridad, sin ambigüedad. Porque esa claridad es lo que te permite poner la disciplina, el compromiso y la dirección que necesitas para conseguirlo, en la montaña y en cualquier otra área de la vida.

Vivir bien, según quien llegó a la cima del Everest

Cuando le piden que resuma en una frase lo que significa vivir bien, Iván Vallejo no busca palabras grandes ni conceptos sofisticados. Se queda en silencio un momento y dice: “Que estés en paz contigo mismo. Eso es vivir bien.” De quien ha escalado los 14 picos más altos del planeta, sobrevivido una avalancha, construido una carrera basada en compartir lo que aprendió y encontrado sentido en cada parte del camino, esa frase no suena simple. Suena ganada.

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