Tu cuerpo ya sabe que trabajas demasiado y te lo demuestra ¿Te diste cuenta ya?

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Antes de la pandemia tenías horario. Hoy tienes el teléfono encendido a las 11pm y lo llamas normalidad.

El ecuatoriano promedio trabaja 48 horas semanales oficiales. Pero si le sumas los mensajes de WhatsApp respondidos en la noche, los correos revisados antes de dormir, las llamadas atendidas el fin de semana y las reuniones que empiezan antes de que termines el café, el número real se acerca a 55 o 60 horas semanales sin que nadie las llame horas extra, sin que nadie las pague y sin que casi nadie las reconozca como lo que son.

Trabajo no remunerado disfrazado de compromiso.

Antes de marzo de 2020, el trabajo tenía una geografía. Había un lugar donde ocurría y un lugar donde no. Esa frontera era imperfecta, sí, pero existía. La pandemia la borró en dos semanas. El home office entró a los dormitorios, a las cocinas, a las mesas donde antes se cenaba en familia. Y cuando las oficinas volvieron a abrir, algo no volvió con ellas. El límite no regresó.

Lo que el cuerpo lleva años absorbiendo en silencio

El estrés laboral crónico no es una queja. Es una condición fisiológica con efectos medibles y documentados que la medicina lleva décadas estudiando y que la cultura del trabajo lleva al mismo tiempo ignorando.

Cuando el cerebro percibe una amenaza, un deadline, un mensaje a las 10pm, una reunión sorpresa, una evaluación de desempeño activa el sistema de respuesta al estrés. El cortisol sube, la adrenalina se libera, el cuerpo entra en modo de alerta. Ese sistema fue diseñado para emergencias cortas. No para jornadas de doce horas, no para cinco años de hiperconectividad permanente.

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El cortisol crónicamente elevado daña el hipocampo, la región del cerebro asociada a la memoria y el aprendizaje. Eleva la presión arterial, suprime el sistema inmune, interrumpe el sueño profundo, aumenta la inflamación sistémica que está en la base de las enfermedades cardiovasculares, metabólicas y autoinmunes más prevalentes en Ecuador.

La OMS reconoció el burnout laboral crónico como fenómeno ocupacional en 2019. Un año antes de que la pandemia lo convirtiera en epidemia silenciosa.

“El burnout no es debilidad. Es el resultado predecible de exigir a un sistema biológico un rendimiento para el que no fue diseñado, durante más tiempo del que puede sostenerlo.”

Lo que en Ecuador no se llama por su nombre

En Ecuador, hablar de salud mental en el trabajo sigue siendo, para muchas personas y muchas empresas, un territorio incómodo. El trabajador que dice que está agotado se arriesga a parecer poco comprometido. El que pone límites de horario se arriesga a parecer poco flexible. El que pide apoyo psicológico se arriesga a parecer frágil. Y mientras tanto, el INEC reporta que más del 34% de los trabajadores ecuatorianos supera las 48 horas semanales establecidas por ley, muchos sin compensación adicional y la mayoría sin acceso a programas de salud mental ocupacional.

La conversación que falta no es sobre productividad. Es sobre sostenibilidad. Sobre la diferencia entre un trabajador que rinde mucho durante poco tiempo y uno que rinde bien durante toda una vida laboral. Esa diferencia la decide, en gran medida, lo que ocurre con su salud. Y la salud no espera a que el trabajo afloje.

Lo que puedes hacer hoy aunque el sistema no cambie mañana

  1. Poner un horario de cierre al teléfono de trabajo. No como regla del empleador, como decisión personal. El cerebro necesita saber cuándo terminó el día para poder descansar de verdad. Sin esa señal, sigue procesando en modo alerta aunque estés en el sofá.
  2. Dejar de llamar normalidad a lo que es exceso. El primer paso para cambiar algo es nombrarlo correctamente. Responder mensajes a las 11pm no es dedicación. Es un límite que no existe. Y los límites que no existen los pone el cuerpo eventualmente, de formas que no se eligen.
  3. Hablar del tema en el trabajo. La cultura laboral cambia cuando las personas que la habitan empiezan a nombrar lo que antes se callaba. No siempre es fácil. No siempre es seguro. Pero cada conversación honesta sobre salud y trabajo hace lo siguiente un poco más posible.

Para recordar que el trabajo es parte de la vida, no toda la vida. Que la productividad que destruye la salud no es productividad: es deuda que el cuerpo cobra con intereses. Que el teléfono encendido a las 11pm no es compromiso. Es un síntoma de algo que lleva años normalizándose y que merece, por fin, un nombre diferente.

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